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Los fieles laicos René

Cesa Cantón

Domingo, 23 Septiembre 2012

(Parte II)

El Papa Juan XXIII inauguró el Concilio con un discurso que causó sensación (algunos sacerdotes ya grandecitos nos encontrábamos estudiando como seminaristas en Roma, y lo recordamos muy bien). Puso en guardia a los obispos contra la tentación integrista de seguir condenando y pidió “aggiornamento”, (puesta al día) bien entendido que sólo suponía dos cosas: 1) fidelidad al Evangelio (aquí esta la explicación por qué no hay en la Iglesia Católica mujeres “sacerdotes o sacerdotisas, ministeriales; ya que la fidelidad al Evangelio es doble: a lo que Cristo enseñó y a lo que Cristo hizo: ortodoxia, pues, y ortopraxis. Y Cristo el Señor, no fue un ingenuo que se dejara envolver por la cultura dominante) y 2) creatividad para poderlo presentar como creíble hoy. Dos días después, a punto de ser aprobadas las comisiones conciliares según la lista preparada por la Curia Romana (Muy conservadora en ese tiempo), hubo cierta “rebelión en el aula conciliar, a iniciativa del cardenal Liénard lo que permitió contar con unas comisiones mucho más representativas de las diferentes tendencias de pensamientos. (En algunas diócesis habría que lograr esto mismo).
Pronto comenzaron a formarse dos grupos. Una “Minoría” se aferraba al carácter monárquico de la Iglesia, y preocupada por salvaguardar el depósito de la fe en toda su integridad, pero confundía la “revelación misma” con su “formulación dogmática”, con la manera de presentarla y sólo veía riesgos en cualquier posible cambio. Y una “Mayoría”, más en la línea preconizada por Juan XXIII, sin que por ello formara, ni mucho menos, un grupo monolítico.
Además, es imposible entender adecuadamente el decreto sobre “Los Fieles Laicos”, (AA) sin leer previamente la Constitución sobre la Iglesia (LG). En efecto, el Vaticano II buscó definir la Iglesia, no ya desde un punto de vista jurídico y sociológico, sino en su aspecto más profundo e íntimo: como “Sacramento (Misterio) de Salvación” (LG 1).
La Iglesia es – y así debería ser en la realidad de cada diócesis y de cada parroquia – la cara visible del misterio de Dios. Un pueblo disperso, unido por su Espíritu Santo. Personas distintas, únicas, irrepetibles, inéditas e intransferibles, que llegan a formar una comunidad (Koinonia) porque el Espíritu Santo – el amor mutuo del Padre y del Hijo – es el principio unificador que hace de todos un “nosotros”. Cada persona individual es la gran riqueza de la Iglesia, pero todas se realizan en su interdependencia como “miembros” de un cuerpo vivo cuya alma es el Espíritu. Nadie se realiza a solas. En la Iglesia cada católico, incluyendo al Santo Padre, debería decir: Necesito de ustedes para ser yo mismo.
Este enfoque tiene decisivas repercusiones en el papel del seglar. No se trata ya de una Iglesia “desigual” en la que unos mandan y otros obedecen, unos enseñan y otros son adoctrinados, sino de una comunión de “igualdad” en la que todos los miembros comparten la misma vida, aunque realicen funciones distintas. Una es la cabeza y otro es el corazón, pero ambos son necesarios para la vida en plenitud. “Existe una auténtica igualdad entre todos en cuanto a la dignidad y a la acción común a todos los fieles en orden a la edificación del Cuerpo de Cristo” (LG 22)
En el capítulo cuarto, dedicado al laicado, muestra cómo el seglar participa – es decir: tiene su parte – en la actividad apostólica de la Iglesia, no por una llamada de la Jerarquía sino porque, en virtud del Bautismo-Confirmación es miembro de una comunidad sacerdotal, para cuya vitalidad resulta imprescindible. (Segunda de cuatro partes)

 

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