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Laicos con voz y voto

René Cesa Cantón

Lunes, 17 Septiembre 2012

Admiro la tenacidad y la “buena voluntad” de Jorge R. Limón Luengas al escribir su libro, que tiene como subtítulo “La comunidad que Jesús soñó”. Estamos a punto de celebrar el 11 de octubre los 50 años de que Juan XXIII, el Papa bueno y ahora Beato, inauguró el Concilio Vaticano II, teniendo el Papa prácticamente la misma intención: restaurar la Iglesia para que se acercara, lo más posible, a la comunidad que el Señor soñó… Pero el Papa preparó el Concilio durante 2 años y lo celebró durante cuatro, con la colaboración de 2500 obispos, cientos de peritos: teólogos, exegetas, historiadores, liturgistas, observadores de otras comunidades cristianas, Rabinos, y muchos fieles laicos de varios países. Hay un documentos especial del Concilio: “Apostolicam Actuositatem”: sobre el apostolado de los fieles laicos. En 1990 hubo un Sínodo mundial sobre el mismo tema con preparación de un año, y un mes de trabajo en Roma con el Santo Padre Juan Pablo II, quien en 1992 publicó la Exhortación Apostólica titulada “Cristifidelis Laici”: “Vocación y misión de los Laicos en la Iglesia y en el Mundo”.
Antes del Concilio Vaticano II, inaugurado el 11 de octubre de 1962, se miraba a la Iglesia en clave eminentemente jerárquica y su visión estaba dominada por la desigualdad. Se la definía más bien desde una óptica apologética, como a la defensiva, bajo un prisma casi exclusivamente jurídico. A principios del siglo XX, el Papa Pio X había escrito: “La Iglesia es una sociedad compuesta de distintas categorías de personas (…) Y estas categorías son de tal modo distintas (…) que la obligación de la multitud (…) es ser sólo sujeto pasivo del gobierno y obedecer dócilmente las directrices de sus pastores” (Vehementer Nos. 1906)
Para ser justos en la valoración de semejantes afirmaciones, habría que remontarse hasta el siglo XVI, cuando Lutero niega “el sacerdocio de los presbíteros” apoyado en que todos somos sacerdotes (por el bautismo) (1P 2.5). El Concilio de Trento reacciona fuerte y solemnemente proclamando la existencia de un “sacerdocio jerárquico” cuya concepción centra en el poder de consagrar la Eucaristía. Paradójicamente no dice nada sobre el sacerdocio del bautizado. Ni lo niega ni lo afirma. Lo silencia.
Desde entonces y hasta el siglo XX, muchos autores interpretaron como metáfora el sacerdocio común de los fieles. Ello condujo a un laicado degradante. La teología se hizo clerical y el papel del seglar se redujo a una laicología degradante. Sarcásticamente, pero con verdad, escribía el gran teólogo dominico Y. Congar, sobre el papel del seglar en la Iglesia: se reduce “a estar de rodillas ante el altar y sentados ante el púlpito”, es decir, a una pura pasividad. Expresivas son también las palabras del filósofo francés Le Roy: “Los simples laicos sólo tienen el papel de corderos: se les bendice y se les esquila”.
Ya antes del Vaticano II, vino a hablarse de colaboración y aunque la doctrina del “Cuerpo místico” impulsada por el Papa Pio XII, abría brechas en el torreón clerical, aún así la Iglesia era interpretada en un contexto de sociedad desigual o jerárquica. Se la definía como una sociedad visible, cuya cabeza era el Papa, unida en la misma fe y en los mismos sacramentos. Coloquialmente hablando, la Iglesia eran “los curas”.
Una vuelta a las fuentes iniciada en el siglo XIX, con el consiguiente florecimiento de los movimientos bíblico, patrístico, litúrgico y ecuménico, la llamada “Nueva Teología” y la renovación de los métodos teológicos facilitaron la recuperación de dimensiones teológicas difuminadas en épocas anteriores, llegándose así a poder centrar la definición de la Iglesia como era originalmente: “Una comunión”.

(Primera de cuatro partes)
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