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Una ciudad para vivir bien

Gino Raúl De Gasperín Gasperín

Miércoles, 12 Septiembre 2012

Lugano es una simpática población suiza que se encuentra en las márgenes del lago del mismo nombre. Pertenece a la suiza italiana, tiene unos 60 mil habitantes que viven en una extensión de 32 kilómetros cuadrados. Está catalogada entre las 10 ciudades que tienen la mejor calidad de vida de todo el mundo. Originalmente perteneció al ducado de Milán y, a fines del siglo XVIII, pasó a formar parte de la República Helvética (Suiza). Es uno de los tres más grandes centros financieros de ese país.
Como la ciudad se encuentra totalmente a orillas del lago y en las laderas de los montes que lo circundan, ha enfrentado grandes problemas de tránsito. Por ello, llaman la atención los procedimientos que tienen para evitar los accidentes, los congestionamientos viales y que a todos les vaya bien.
Al estar en este paradisíaco lugar y recorrer sus calles y avenidas, a pie o en automóvil, se comprende perfectamente lo que han hecho para mantener esa calidad de vida y tener una ciudad, digamos, ejemplar. Por ejemplo: el sistema de transporte urbano es de insuperable calidad. Los autobuses son modernos, limpísimos y están habilitados con un sistema que les permite ladearse para, cuando una mamá lleva a su niño en la carriola, pueda descender al mismo nivel de la banqueta; asimismo, tienen una plataforma especial para los usuarios con sillas de ruedas, y en las paradas simplemente los “depositan” en la acera sin mayor problema. El gobierno municipal acondicionó todas las banquetas al mismo nivel para hacer posible esta operación. Los pasajeros esperan el autobús en la parada, pagan su boleto en una máquina y nadie les revisa si lo hicieron o no. Si la máquina no llegara a funcionar (lo que nos tocó vivir), el pasaje es gratuito. Este transporte urbano es tan eficiente que muchos lo prefieran a usar su propio vehículo. Un amigo me cuenta que en el bulevar de la salida de Córdoba, el autobús 7 de la línea1, para bajar pasaje (ya que no se les ocurrió establecer “paradas”) se sube al sendero para bicicletas y peatones. Al reclamarle al chofer su actuar, este le contestó: “¡y a usted, qué ch… le importa!
La “semaforización” está diseñada de tal manera que los tiempos de amarillo-verde-amarillo-rojo están calculados según el aforo vehicular en cada cruce ¡por hora!, y el sistema se reprograma solo cada tres meses. Algunos semáforos tienen sensores que, cuando no hay peatones que vayan a cruzar, detectan al auto y se ponen automáticamente en verde. Existen muy pocos agentes viales y muchos radares: uno en cada semáforo y otros distribuidos en sitios difíciles. Estos radares indican la velocidad del vehículo que se acerca y, mediante luz verde, amarilla o roja, le indican si está circulando dentro, en el límite o fuera del mismo. Si excede la velocidad, si no respeta el paso peatonal (que tiene una muy ligera elevación del resto de la calle), o el paso del autobús o de una bicicleta o de una moto, que tienen preferencia en ese orden, simplemente el radar toma la foto de la placa y al infractor le llega a su casa la multa con la foto adicionada. Y nadie puede discutir que no fue cierto. Manejar en estado de embriaguez cuesta la cancelación de la licencia. A un amigo le llegó su multa, aquí, a México, ocho meses después de su regreso y la papeleta mostraba: 1,400 pesos.
En la mayoría de las ciudades y pueblos, para evitar los semáforos y hacer el tráfico más fluido, en los cruces tienen rotondas que permiten circular con un mínimo de reglas y una eficiencia admirable.
En las autopistas no se permite la circulación de camiones de doble caja, ni con bateas abiertas, y el asfalto es de tal calidad que parece de tartán, ese mismo material que se usa en las pistas de atletismo. No hay talleres de ninguna especie en las calles y en muchas está prohibido estacionarse. Por eso, todas las casas, los negocios, los supermercados, las empresas y las oficinas deben tener sus propios estacionamientos, en los que el primer piso está reservado a las mamás y a los discapacitados.
No existen los brutales topes que, se tiene comprobado, no solo dañan al vehículo, sino que originan lesiones a los conductores. Cuando regresamos a esta ciudad, encontramos que nuestras autoridades, aparte de los cientos que ya tenemos, instalaron otros nuevos. Como si estuvieran esperando que se pavimente una calle para inmediatamente entorpecer la vialidad con esos adefesios, evidentes símbolos de la barbarie, de la irresponsabilidad, del desorden y de la incapacidad para hacer que las cosas vayan bien para todos.
Hay ciudades para vivir y ciudades para vivir… a penas.

grdgg@live.com.mx
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