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Una nueva ciudadanía

Una nueva ciudadanía

Domingo, 15 Julio 2012

Es un hecho el desmesurado crecimiento de los nuevos medios de comunicación. Los blogs (actualmente hay más de 200 millones en la red), chats, correos electrónicos individuales o colectivos, redes sociales (twiter, facebook, etc.), foros, celulares, portales, etc., han crecido de manera tan rápida que estamos viviendo un fenómeno comercial, político y social muy interesante.
En efecto, los medios tradicionales de comunicación (televisión, cine, radio, periódicos, revistas), tienen o tenían dos funciones: una, fragmentadora, comercial (ofrecer productos y servicios que son adquiridos por consumidores perfectamente diferenciados según su capacidad económica) y otra, unificadora, política: aglomerar a todos los ciudadanos en una nación, hacer sentir que todos somos iguales y tenemos los mismos derechos y obligaciones puesto que “todos somos mexicanos”. Esta segunda función de los medios permite, o permitía, a los gobiernos mantener la hegemonía y el control sobre la población, y por ello el filósofo francés Louis Althusser los llamó “aparatos ideológicos del estado”.
Veamos: el estado se hace legítimo al ejercer el poder sobre los ciudadanos “en nombre de los ciudadanos”, es decir, mediante representantes (diputados, senadores, alcaldes, gobernadores, etc.,) que son “elegidos” según reglas y procesos propuestos y avalados por el mismo estado, y que actúan fielmente dentro de los cauces “oficiales”. Por ejemplo, un ciudadano o una agrupación no gubernamental no puede hacer una propuesta de ley; esto es privilegio del presidente de la república y de los mismos legisladores, que incluso legislan sobre sus propios salarios, privilegios y prebendas, sobre los mismos procesos por los que son elegidos y las reglas por las que se mantienen en sus cargos o, hipotéticamente, sean sancionados por algún incumplimiento. Aunque fueran o se mostraran como líderes de opinión (y, a veces, hasta de oposición), en realidad mediaban, catalizaban las voces de sus “representados” y el sistema los avalaba y protegía mediante cargos (regidurías, alcaldías, diputaciones, etc.), y canonjías, privilegios y fueros.
Sin embargo, este modelo ha entrado en crisis especialmente por dos razones. La primera: los dichos representantes populares han dejado de ejercer tal función no solo por su distanciamiento de sus electores, a los que nunca vuelven a ver, y menos a escuchar, una vez electos, sino también por su ineficacia e incapacidad para ejercer moral, o por lo menos lealmente, sus funciones. Como su nominación (y el colmo son los “plurinominales”) no obedece a criterios de eficiencia, capacidad, liderazgo, preparación, honestidad, etc., sino a los compromisos que el mismo sistema crea y mantiene con y a través de ellos, su función se ha desgastado a tal grado que nadie, en su sano juicio, cree en sus propuestas y promesas, y fácilmente se concluye que, en una elección, “ojalá gane el menos malo” o “no me importa quién gane, pues todos son iguales”.
La segunda razón de la crisis del modelo de representantes populares es que, paradógicamente, los mismos medios de comunicación tradicionales se han encargado de desprestigiarlos, junto con el propio sistema político. La imagen que ofrecen los medios de los políticos es la de gente sin escrúpulos, venales, contradictorios, ignorantes, iletrados, incumplidos, insulsos, violentos, violadores de las leyes, protectores de la delincuencia, etc., etc. Esta imagen ha minado hasta sus cimientos el mundo de la política, hasta el grado de que los propios gobiernos no saben cómo enfrentar el descrédito popular en que se encuentran.
Ahora, con la proliferación de los nuevos medios (blogs, foros, correos, redes sociales, etc.), la ciudadanía empieza a formarse de otra manera, y a entender el ejercicio del poder como algo que puede ser recuperado. Es decir, a reinventar, reciclar o someter a una reingeniería a la misma democracia.
El cuestionamiento para el sistema político y sus actores es, primero, cómo están entendiendo este fenómeno y, después, cómo reaccionar ante él de una manera sensata, racional, inteligente, con mente abierta. Porque, simplemente dar coces parece que no lleva a nada constructivo y sano para el propio sistema, y menos para la sociedad.
*Academias Mexicana de la Educación

grdgg@live.com.mx
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