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El bastón y nada más

René CesSa Cantón

Domingo, 15 Julio 2012

Cuando Ciro el Grande asediaba, a mitad del siglo VI antes de Cristo, la ciudad de Priene, todos los habitantes huían llevando a cuestas sus posesiones. Sólo Bías, uno de los sabios de Grecia, abandonaba la ciudad serenamente sin ningún equipaje. A sus paisanos que lo interrogaban extrañados, respondió el sabio: “Todo lo llevo conmigo”. Cargaba a cuestas su sabiduría.
El cristiano de hoy, también en camino, no tiene como ideal la acumulación de bienes materiales, porque busca otra mejor riqueza dentro de otra jerarquía de valores. Allí ocupa lugar preferencial la sencillez de vida, que nos señala cuántas cosas pueden esclavizarnos. Esto supone al mismo tiempo una fe en la providencia de Dios y una mayor libertad para servir mejor a los demás.
La pobreza es tema de actualidad en la Iglesia de hoy. Cuando los obispos de Latinoamérica se reunieron en Puebla – la primera vez que Juan Pablo II visitó México – allí optaron por la pobreza. ¿Pero qué es la pobreza a la luz del Evangelio?
Para algunos consiste únicamente en actitudes interiores, y dada la ocasión, en un posible desprendimiento. Otros desean instaurar una pobreza rayana en la miseria. Llegan casi a negar el dogma de la creación que nos explica cómo Dios creó al hombre y lo hizo rey del universo.
Pero, como siempre sucede, la verdad está en el medio. Podemos poseer porque somos seres racionales. Pero no es lícito desbordarnos de manera egoísta, oprimiendo a los otros.
Para encontrar la pobreza que aconseja el Señor, conviene en primer lugar analizar el medio humano en que vivimos. No estamos en un país rico, donde todo el mundo tiene lo necesario y aún un poco más. En nuestro entorno, lo que a algunos les sobra, lo que se despilfarra en forma irresponsable, les hace falta a muchos para apenas sobrevivir.
Juan Pablo II en su primera visita a México nos dijo: “La propiedad está grabada siempre por una hipoteca social, así los bienes servirán equilibradamente a la destinación que Dios les ha dado”. Revisemos honestamente nuestros gastos, nuestros lujos, nuestro nivel de vida. (Lástima que no podamos revisar los gastos de campaña).
De otro lado, pobreza cristiana es ante todo una elección personal. No esperemos que la Iglesia o las leyes nos señalen una medida exacta frente a los bienes temporales. Nos consta que en la mayoría de los países, los grandes capitales permanecen en manos de unos pocos. Los cuales a su vez controlan los medios de producción, las comunicaciones y todo el engranaje político. Por supuesto también en México.
Es hora entonces de escuchar al gran Pontífice Paulo VI quien escribió en la “Populorum Progressio” (El progreso de los pueblos): “Hay que actuar pronto y a profundidad. Hay que poner en práctica transformaciones audaces, profundamente innovadoras. Hay que emprender, sin esperar más, reformas urgentes”.
Estas palabras se dirigen a todos, pero especialmente a quienes tienen mayor influencia en nuestra sociedad: los dirigentes políticos, industriales, profesionales, comunicadores. Los que pueden abrir sus manos y su corazón para crear desde hoy mismo una sociedad más justa y más cristiana.
Si leyendo estas reflexiones sentimos el deseo sincero de ser más sobrios en nuestra vida personal y familiar, de cambiar de una vez las políticas de nuestra empresa para servir mejor al hombre, el Evangelio toca a nuestras puertas.
El Señor nos hará conocer sus caminos. Que su sabiduría, mayor que la de Bías, tiene el poder para cambiar el mundo.
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