En aquel tiempo, Jesús les dijo a sus discípulos: “Si tu hermano comete un pecado, ve y amonéstalo a solas, hazte acompañar de una o dos personas, para que todo lo que se diga conste por boca de dos o tres testigos. Pero si ni así te hace caso, díselo a la comunidad; y si ni a la comunidad le hace caso, apártate de él como de un pagano o de un publicano. Yo les aseguro que todo lo que aten en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra quedará desatado en el cielo.

Yo les aseguro también que si dos de ustedes se ponen de acuerdo para pedir algo, sea lo que fuere, mi Padre celestial se lo concederá; pues donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos”.

Palabra del Señor.

Los hermanos de la fe nos han sido entregados como una misión, tu eres responsable de tus hijos, tus hermanos, tu esposo. Es por ello que en el auténtico amor Dios nos invita a la corrección al hermano, corrección que no es juicio ni crítica, sino el cuidado que he tener en que mi hermano viva en la voluntad de Dios, en que si veo en él alguna cosa que está haciendo erróneamente y que le conduce al pecado, es mi obligación hablar con él para ayudarlo a volver al sendero de la fe.

Desgraciadamente muchos de nosotros no tenemos este amor, sino que cuando vemos al hermano en un pecado, por egoístas solamente lo juzgamos, hablamos a sus espaldas, comentamos su situación con vecinos y familiares, y no tenemos la caridad suficiente para invitarle a volver al camino de la fe.

Muchos somos los que diariamente pecamos de omisión y murmuración, al no ayudar, por egoísmo, a nuestro hermano. Si los hombres nos preocupáramos más de nuestros prójimos, en el auténtico amor que brota de la fe, nuestra sociedad sería distinta. Habría mejores padres de familia, mejores amigos, mejores cristianos.

Dios ha puesto en tu vida hermanos, hombres débiles, que necesitan de tu apoyo para no destruir su vida y las de su familia por no haber alguien que les ayude a salir de sus pecados. Tú eres responsable de tu hermano en la fe.


GERMÁN ALPUCHE SAN MIGUEL

« EL EVANGELIO DE HOY »

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