Un sábado, Jesús iba atravesando unos sembrados y sus discípulos arrancaban espigas al pasar, las restregaban entre las manos y se comían los granos. Entonces unos fariseos les dijeron: “¿Por qué hacen lo que está prohibido hacer en sábado?”.

Jesús les respondió: “¿Acaso no han leído lo que hizo David una vez que tenían hambre él y sus hombres?. Entró en el templo y tomando los panes sagrados, que sólo los sacerdotes podían comer, comió de ellos y les dio también a sus hombres”.

Y añadió: “El Hijo del hombre también es dueño del sábado”.

Palabra del Señor.


La sabiduría de Dios no se limita a cosas externas, siempre va a los profundo del corazón, a las intenciones. Los fariseos, que representan a los hombres que con la letra de las leyes pretenden conducir la vida de los hombres, no alcanzan a comprender la profundidad de las palabras de la fe.

Jesucristo es un signo de contradicción, sus palabras y gestos son incomprensibles para los hombres que no poseen la mente de Dios. Esto explica el por qué muchos en nombre de la ley y de la libertad se cierran a comprender el misterio de Cristo y de su Iglesia.

Los fariseos han rechazado todo lo que Jesús les decía, creían que derrumbaría toda la fe judía, no han tenido la capacidad de reconocer la novedad de vida que Dios les ofrecía por la fe en el Mesías. Esto mismo nos puede suceder, si nuestra sociedad se cierra a los valores religiosos, si antepone sus discursos políticos retrógradas de siglos pasados a la novedad de vida de Jesús, si pone sus conceptos egoístas y deformados de libertinaje sobre la voluntad de Dios, al final de cuentas lo que hará es cerrarse a la gracia de Dios y quedará encerrado en su egoísmo.

Es por ello que Jesús levanta su voz y nos dice que él es Señor del tiempo y de la vida de los hombres, cuando nuestras vidas, las de nuestras familias y amigos, no están centradas en Jesucristo, de una u otra forma están destinadas a destruirnos y no permitirnos la realización personal y colectiva.


Germán Alpuchesan Miguel

Evangelio de hoy