Todo era maravilloso pero cuando en su pequeño box terminaba de quitarse su ropa interior marrón se le ocurrió pensar que totalmente desnudo ya no podría identificarse como el hombre de marrón, debía tomar un recaudo. Quitó una hebra de su abrigo de lana y la ató en su dedo gordo del pie derecho.

“Si me pierdo -pensó- sabré que el que tiene el lazo en el dedo gordo soy yo.” Con esta tranquilidad se dedicó a disfrutar de su premio. Tanto disfrutó y tan abstraído estaba que no notó cuando la hebra se resbaló de su pie y quedo flotando en la piscina.

Otro visitante se topó con la hebra y encantado con su color decidió pedirle a su mujer una bufanda de ese mismo tono. Para no perder la hebra decidió llevarla... atada a su dedo gordo del pie.

Cuando terminó el paseo, nuestro héroe regresó a su cuartucho a vestirse, se secó, dejó el toallón y se miró al espejo. Al ver su pie sin hebra marrón exclamó: “¡Me perdí!”.

Algo desesperado salió por los pasillos buscándose. Encontró por fin el lazo marrón atado a un dedo gordo. Levantó la vista mirando a los ojos al dueño del pie señalado y le dijo: “Señor yo sé muy bien quién es usted pero ¿me podría aclarar quién soy yo?”.

En la hora del comienzo de nuestro verdadero camino debemos dejar de preguntar a los demás quiénes somos y correr el riesgo de perdernos para no dejar que nada más que lo interior nos defina.



Tere Gómez


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