Había una vez un hombre que tenía mucho miedo a perderse. Todo había empezado un día cuando al revisar unas fotos del curso completo de su colegio primario fue incapaz de reconocerse.

Esto lo angustió en demasía y se quedó obsesivamente ligado a la idea de que dentro de algunos años tampoco se reconocería en alguna foto o en alguna filmación. Si esto se agravaba pensó, podría llegar a no reconocerse en un espejo y eso significaría perderse para siempre...

Fiel a su necesidad de reaseguramiento tomó una heroica y extraña decisión: desde ese día se vestiría siempre de marrón.

Pantalones marrones, zapatos marrones, camisas marrones y corbatas también marrones. “¡Así - dedujo -en cualquier lugar que me vea sabré que el de marrón soy yo!”.

Alegre y sereno con su decisión pasó por una casa de ropa y compró su tranquilidad con un buen pedazo de sus ahorros.

En retribución a tan buen cliente la empresa vendedora le obsequió un pase gratuito para el Instituto de Relajación Antiestrés. El bono prometía masajes, ducha escocesa, un baño turco y piscina sin ningún costo para el invitado.

El hombre de marrón no dudó en aceptar el regalo y decidió hacerlo efectivo esa misma tarde.

continuará...


Todo era maravilloso pero cuando en su pequeño box terminaba de quitarse su ropa interior marrón se le ocurrió pensar que totalmente desnudo ya no podría identificarse como el hombre de marrón, debía tomar un recaudo. Quitó una hebra de su abrigo de lana y la ató en su dedo gordo del pie derecho.

“Si me pierdo -pensó- sabré que el que tiene el lazo en el dedo gordo soy yo.” Con esta tranquilidad se dedicó a disfrutar de su premio. Tanto disfrutó y tan abstraído estaba que no notó cuando la hebra se resbaló de su pie y quedo flotando en la piscina.

Otro visitante se topó con la hebra y encantado con su color decidió pedirle a su mujer una bufanda de ese mismo tono. Para no perder la hebra decidió llevarla... atada a su dedo gordo del pie.

Cuando terminó el paseo, nuestro héroe regresó a su cuartucho a vestirse, se secó, dejó el toallón y se miró al espejo. Al ver su pie sin hebra marrón exclamó: “¡Me perdí!”.

Algo desesperado salió por los pasillos buscándose. Encontró por fin el lazo marrón atado a un dedo gordo. Levantó la vista mirando a los ojos al dueño del pie señalado y le dijo: “Señor yo sé muy bien quién es usted pero ¿me podría aclarar quién soy yo?”.

En la hora del comienzo de nuestro verdadero camino debemos dejar de preguntar a los demás quiénes somos y correr el riesgo de perdernos para no dejar que nada más que lo interior nos defina.




Tere Gómez


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