Cuando tenía 12 años mi amigo Philip y yo ganábamos dinero atrapando ratones silvestres y vendiéndoselos a Helen Perley, la dueña de la granja White, a diez centavos cada uno, pero viendo que las monedas de diez tardaba mucho en llegar y poco en irse, nos dimos a la tarea de buscar una forma más efectiva de conseguir ratones.

Un Día el Maestro de biología nos enseño que cada veinticinco dias los ratones pueden dar a luz hasta ocho crías y que pueden procrear desde la sexta semana de vida. En un año una pareja puede tener 1.4 millones de ratoncitos, si todos sobrevivieran. En vez de estar atrapando ratones, por qué no criarlos y vender la enorme producción a Helen? Convinimos en que el mejor sitio para el criadero era el sótano de mi casa pues el Philip estaba lleno de gatos y también decidimos no poner al tanto a nuestros padres hasta que el negocio marchara sobre ruedas.

Al otro día fuimos al bosque y atrapamos 16 ratones. Después de la cena nos encontramos en el sótano y pasamos los ratones de las trampas a la jaula que habíamos construido para ellos. Lo demás correspondería a la naturaleza. El primer ratón no salió de la trampa. Cuando me asomé brincó a mi mano, corrió por mi brazo, descendió por mi espalda y saltó sobre unas cajas donde se perdió. Los buscamos por cielo, tierra y mar pero de nada sirvió. El segundo ratón cayó en la jaula pero cuando tocó el fondo, saltó a la mano de Philip, atravesó el sótano y desapareció. Después del tercero la cosa fue más fácil. Colocamos un par de trampas para atrapar a los fugitivos. Philip se fue a casa. Nuestro negocio había comenzado.


Por la noche a mi madre la pareció ver

un ratón.

-Imposible -contestó mi padre-. Los cimientos de esta casa son herméticos. La única manera que entre un ratón es que alguien lo traiga.

Pasaron los días y las jaulas permanecían intactas. Una mañana mi hermano menor, mientras nos vestíamos, pegó un grito. Lo hallamos con un zapato en la mano dentro del cual había granos de maíz de los que se usan para preparar rosetas. En la cocina encontramos una bolsa de maíz roída. Mi mamá anunció que iba a inspeccionar la casa. Me estremecí pensando que iba a ver el sótano. Con Philip decidimos desaparecer nuestra instalación ganadera hasta que todo volviera a la normalidad. Al poner la jaula a la ventana del sótano, la malla se soltó, los ratones se soltaron y se desparramaron por el sótano.

Subí a afrontar lo inevitable. El resto de la noche fue la debacle. Ni en el mejor programa de televisión había visto yo algo semejante. Por todas partes se veían colas de ratón. Gritábamos y tratábamos de aplastarlos pero nunca los alcanzábamos. Mi padre fue a comprar veneno. A partir de esa noche los roedores fueron amos y señores de la casa. Se metieron en la cocina y nuestra ropa. Una semana después, al tomar mi mamá un suéter agarró una camada de rosada de ratoncitos. Mi madre dio un alarido que se oyó en todo el barrio.

A las dos semanas comenzó a notarse el efecto del veneno. De pronto aparecía un ratón muerto en la mitad de la habitación. Cuando pensábamos que se habían terminado, alguien hallaba huellas frescas. Una noche descubrí un nido en un rincón del sótano y se me ocurrió una idea. Ese dia había atrapado una culebra de 75 centímetros y la llevé al sótano y la solté. Los chillidos cesaron y yo estaba admirado de mi propio ingenio. A finales del otoño un técnico halló en la lavadora de ropa una culebra de noventa centímetros.

Mucho tiempo después se lo confesé a mi madre porque confesar es siempre un alivio para el alma, se le iluminó el semblante y se echó a reír: ‘Siempre sospeché que habías tenido algo que ver con esos ratones, pero lo de la culebra jamás me lo expliqué.’

Tu Mundo es como tu eres obsérvate y compruébalo, y cuando lo aceptes,.. busca el cambio.




Tere Gómez


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