México.- La artista Joy Laville plasmó en su obra el regocijo, lo mismo de un paisaje que de una escena cotidiana. Por eso, cuando pintaba, se detenía para mirar sus cuadros: "Me tranquilizan", relataba.

Originaria de Isla de Wight, Inglaterra, donde nació en 1923, la también escultora falleció ayer a los 94 años a las 12:04 horas en un hospital de Cuernavaca, Morelos, entidad en la que estableció su residencia.

Familiares y amigos la despidieron en una ceremonia privada; sus restos reposarán en un cementerio de la capital morelense, informó Trevor Rowe, hijo de la artista.

"Soy una pintora mexicana", afirmaba la creadora aficionada al chelo y al ajedrez, viuda del escritor guanajuatense Jorge Ibargüengoitia, quien murió en un accidente de avión en 1983.

"Mi mamá es, de muchas maneras, creación de México. Este País le abrió puertas intelectuales, puertas profesionales. Ella floreció aquí; fue mexicana con mucho orgullo", destacó Rowe, el único hijo de la pintora que dedicaba cada mañana -siempre las mañanas- para trabajar.

Aunque radicó en Canadá tras abandonar Inglaterra por el estallido de la Segunda Guerra Mundial, Laville adoptó México como hogar desde que llegó a San Miguel de Allende, Guanajuato, para estudiar pintura en 1956. "Es el País al que pertenezco porque aquí nació mi pintura", dijo al regresar de París, donde vivió con Ibargüengoitia cuando se instalaron unos años en Europa.

La capital francesa era una ciudad a la medida de la pareja, pues ninguno de los dos sabía conducir un automóvil y el metro les permitía llegar a todas partes, confió la pintora a REFORMA en 2003.

Laville era serena, como sus pinturas, recuerda la promotora cultural Miriam Kaiser, quien cada noche duerme frente a dos floreros y un borrego pintados por Joy, que en español se traduce como alegría.

"Usted se sienta delante de una pintura de ella y, aun si es una señora con vestido rojo, le produce paz, goce", dice Kaiser.

"Llenó de belleza y luz la pintura de México", escribió el historiador Enrique Krauze en un tuit. Él también habita entre obras de la pintora, como lo relató en un artículo publicado en este diario en 2012, cuando Laville recibió el máximo galardón que otorga el gobierno mexicano, el Premio Nacional de Ciencias y Artes.

"A través de los años, los espacios de mis seres queridos y los míos propios se han poblado de cuadros suyos. En la pared de mi estudio, por ejemplo, contemplo a un hombre que navega en una barca. Se trata seguramente de Jorge, pero puede ser cualquier hombre. Ha dejado atrás las vagas geometrías que sugieren jardines, playas y habitaciones, quizá un hogar, y atraviesa el mar con la vista fija en la otra ribera, donde lo esperan azuladas montañas, arenas cálidas, ciertos indicios de color y vida, y una palmera. Sobre mi escritorio hay una pequeña escultura que Joy bautizó como Man in his island. Es el mismo personaje pero ahora sentado plácidamente sobre la tierra, con sus piernas recogidas y mirando al cielo. Lo rodean tres inmensas margaritas. No necesita nada más".

Ibargüengoitia apuntó que los cuadros de Laville plasman un mundo desprovisto de angustia "alegre, sensual, ligeramente melancólico, un poco cómico. Es el mundo interior de una artista que está en buenas relaciones con la naturaleza".

No le importaron las modas ni los grupos, añade Kaiser, cuya amistad con Laville era añeja. La promotora cultural trabajaba en la Galería de Arte Mexicano, que promovía la obra de la pintora, cuando un día, un extranjero, le preguntó si Laville era inglesa, porque sus cuadros le recordaban los paisajes de Isla de Wight. La interrogante le sorprendió. "Porque si usted le preguntaba a Joy (sobre sus pinturas), ella decía: 'es Guanajuato, así lo vi'"

Guanajuato, Isla de Wight o cualquier sitio de misteriosa serenidad que su imaginación evocara, la obra de Laville es inclasificable, enfatiza Kaiser.

"Eso la hizo grande: su manera tan distinta de crear, y por eso su obra es intemporal".

Reforma