Ciudad de México.- Una Billie Holiday de 23 años canta en un sótano de Nueva York, en un club que se promociona como el "lugar equivocado para la gente adecuada", donde los clientes negros ocupan los mejores lugares: "Los árboles del sur dan un fruto extraño, sangre en las hojas y sangre en la raíz. Cuerpos negros mecidos por la brisa sureña".

Apenas finaliza, las luces se apagan. Al volverse a encender, la cantante ya no está en el escenario. Reina el silencio.

Strange Fruit (1939), escrita por el comunista judío Abel Meeropol, no fue la primera canción protesta, pero sí una pionera en llevar un mensaje explícito al mundo del espectáculo, asegura en entrevista el periodista británico Dorian Lynskey, autor de 33 revoluciones por minuto: Historia de la canción protesta, libro de 2011 que la editorial Malpaso ahora lanza en el mercado mexicano.

Antes, plantea, la canción protesta estaba confinada a ciertos círculos y con un propósito: ganar una huelga, unirse a un sindicato. "Las canciones protesta funcionaban como propaganda, pero Strange Fruit demostró que podían ser arte".

Lynskey compiló en 33 temas la historia del "género". Letras que combaten la discriminación racial, la guerra, la pobreza o la dictadura. Que nacieron de la indignación, de la duda.

Arranca en 1939 con Strange Fruit y alcanza hasta American Idiot de Green Day, en 2004, sobre Bush y su guerra en Irak.

Abarca metal, reggae, funk, soul, dance music, hip hop, en un esfuerzo por mostrar su diversidad, más allá de la típica guitarra acústica. Y agrega un anexo con 100 temas recomendados que no aparecen en el texto, como Big Yellow Taxi, de Joni Mitchell; Going to a town, de Rufus Wainwright, o The Future, de Leonard Cohen.

Dedica incluso un capítulo a Víctor Jara, de Chile; Fela Kuti y Africa 70, de Nigeria, y Max Romeo and the Upsetters, de Jamaica.

¿Una canción puede cambiar la Historia?

Pienso que puede ser parte de un momento, pero una canción no puede cambiar la historia, como tampoco una pintura. La canción Nelson Mandela (The Special AKA, 1984) era parte de una campaña, ayudó a popularizarla y terminó por cambiar el mundo. Una canción puede informar a la gente, inspirarla, cambiar su manera de pensar y, entonces, la gente puede cambiar el mundo. Es un efecto dominó.

Lynskey empezó el libro con la idea de escribir una historia sobre una forma de música todavía vigente. "Lo terminé preguntándome si, en su lugar, no habría escrito una elegía", indica. Y es lapidario: "En el atomizado mundo de la música digital, en el que hay menos estrellas del pop reconocibles y épicas de cualquier variedad, la era del músico-activista heroico terminó para siempre".

Sin embargo, zanja: "La canción de protesta no ha muerto, sólo que no está de moda".

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