Se habla mucho del problema del mal. Se dice que es «la roca del ateísmo», y de hecho son bastantes las personas a las que se les hace difícil creer que pueda existir un Dios bueno del que haya brotado un mundo en el que el mal tiene tanto poder.

Las preguntas se agolpan una tras otra: ¿cómo puede quedar Dios pasivo ante tantas desgracias físicas y tragedias morales, o ante la muerte cruenta de tantos inocentes? ¿Cómo puede permanecer mudo ante tantos crímenes y atropellos, cometidos muchas veces por quienes se dicen sus amigos?

Y, ciertamente, es difícil obtener una respuesta si uno no la encuentra en el rostro del «Dios crucificado». Un Dios que, respetando absolutamente las leyes del mundo y la libertad de los hombres, sufre él mismo con nosotros, y desde esa «solidaridad crucificada» abre nuestra existencia dolorosa hacia una vida definitiva.

El que solo es sensible al mal y no sabe gustar la alegría del bien que se encierra en la vida, difícilmente será creyente. Solo quien es capaz de captar la generosidad, la ternura, la amistad, la belleza, la creatividad y el bien puede intuir «el misterio del bien» y abrirse confiadamente al Creador de la vida.

Es significativa la observación de Lucas, que nos indica que los discípulos «no acababan de creer por la alegría». El horizonte que les abre Cristo resucitado les parece demasiado grande para creer. Solo creerán si aceptan que el misterio último de la vida es algo bueno, grande y gozoso.

Pablo VI, en su hermosa exhortación Gaudete in Domino, invita a aprender a gustar las múltiples alegrías que el Creador pone en nuestro camino: vida, amor, naturaleza, silencio, deber cumplido, servicio a los demás... Puede ser el mejor camino para «resucitar» nuestra fe. El papa llega a pedir que «las comunidades cristianas se conviertan en lugares de optimismo donde todos los miembros se entreguen resueltamente al discernimiento de los aspectos positivos de la persona y de los acontecimientos».

Hay muchas maneras de obstaculizar la verdadera fe. Está la actitud del fanático, que se agarra a un conjunto de creencias sin dejarse interrogar nunca por Dios y sin escuchar jamás a nadie que pueda cuestionar su posición.

Está también la posición del escéptico, que no busca ni se interroga, pues ya no espera nada de Dios, ni de la vida, ni de sí mismo. La suya es una fe triste y apagada. Falta en ella el dinamismo de la confianza. Nada merece la pena. Todo se reduce a seguir viviendo sin más. Está además la postura del indiferente, que ya no se interesa ni por el sentido de la vida ni por el misterio de la muerte. Su vida es pragmatismo. Solo le interesa lo que puede proporcionarle seguridad, dinero o bienestar. Dios le dice cada vez menos. En realidad, ¿para qué puede servir creer en él?

Está también el que se siente propietario de la fe, como si esta consistiera en un «capital» recibido en el bautismo y que está ahí, no se sabe muy bien dónde, sin que uno tenga que preocuparse de más. Esta fe no es fuente de vida, sino «herencia» o «costumbre» recibida de otros. Uno podría desprenderse de ella sin apenas echarla en falta. En todas estas actitudes falta lo más esencial de la fe cristiana: el encuentro personal con Cristo. La experiencia de caminar por la vida acompañados por alguien vivo con quien podemos contar y a quien nos podemos confiar. Solo él nos puede hacer vivir, amar y esperar a pesar de nuestros errores, fracasos y pecados.

Según el relato evangélico, los discípulos de Emaús contaban «lo que les había acontecido en el camino». Caminaban tristes y desesperanzados, pero algo nuevo se despertó en ellos al encontrarse con un Cristo cercano y lleno de vida. La verdadera fe siempre nace del encuentro personal con Jesús como «compañero de camino».

 

René Cesa Cantón

 

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