La felicidad solo es posible allí donde nos sentimos acogidos y aceptados. Donde falta acogida, falta vida; nuestro ser se paraliza; la creatividad se atrofia. Por eso una sociedad cerrada es una sociedad sin futuro, una sociedad que mata la esperanza de vida de los marginados y que finalmente se hunde a sí misma. Son muchos los factores que invitan a los hombres y mujeres de nuestro tiempo a vivir en círculos cerrados y exclusivistas. En una sociedad en la que crece la inseguridad, la indiferencia o las agresividades, es explicable que cada uno tratemos de asegurar nuestra “pequeña felicidad”.

Las personas que son como nosotros, que piensan y quieren lo mismo que nosotros, nos dan seguridad. En cambio, las personas que son diferentes, que piensan, sienten y quieren de manera diferente, nos producen inquietud y temor.

Por eso se agrupan las naciones en “bloques” que se miran mutuamente con hostilidad. Por eso buscamos cada uno nuestro recinto de seguridad, ese círculo de amigos, cerrado a aquellos que no son de nuestra misma condición.

Vivimos como “a la defensiva”, cada vez más incapaces de romper distancias para adoptar una postura de amistad abierta hacia toda persona. Nos hemos acostumbrado a aceptar solo a los más cercanos. A los demás los toleramos o los miramos con indiferencia, si no es con cautela y prevención.

Por eso el gesto de Jesús cobra especial actualidad para nosotros. Jesús no solo limpia al leproso. Extiende la mano y lo toca, rompiendo prejuicios, tabúes y fronteras de aislamiento y marginación que excluyen a los leprosos de la convivencia. Los seguidores de Jesús hemos de sentirnos llamados a aportar amistad abierta a los sectores marginados de nuestra sociedad. Son muchos los que necesitan una mano extendida que llegue a tocarlos.

No hace falta haber leído mucho a Sigmund Freud para comprobar cómo una falsa exaltación de la culpa ha invadido, coloreado y muchas veces pervertido la experiencia religiosa de no pocos creyentes. Basta nombrarle a Dios para que lo asocien inmediatamente a sentimientos de culpa, remordimiento y temor a castigos eternos. El recuerdo de Dios les hace sentirse mal.

Les parece que Dios está siempre ahí para recordarnos nuestra indignidad. No puede uno presentarse ante él si no se humilla antes a sí mismo. Es el paso obligado. Estas personas solo se sienten seguras ante Dios repitiendo incesantemente: “Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa”.

Esta forma de vivir ante Dios es poco sana. Esa “culpa persecutoria”, además de ser estéril, puede destruir a la persona. El individuo fácilmente termina centrándolo todo en su culpa. Es la culpa la que moviliza su experiencia religiosa, sus plegarias, ritos y sacrificios. Una tristeza y un malestar secreto se instalan entonces en el centro de su religión.

Sin embargo, no es ese el camino más acertado hacia la curación. Es un error eliminar de nosotros el sentimiento de culpa. El individuo que no sabe registrar conscientemente el daño que está haciéndose a sí mismo o a los demás nunca se transformará ni crecerá como persona.

Hay un sentimiento de culpa que es necesario para construir la vida, porque introduce una autocrítica sana y fecunda, pone en marcha una dinámica de transformación y conduce a vivir mejor y con más dignidad.

Como siempre, lo importante es saber en qué Dios cree uno. Si Dios es un ser exigente y siempre insatisfecho, que lo controla todo con ojos de juez vigilante sin que nada se le escape, la fe en ese Dios podrá generar angustia e impotencia ante la perfección nunca lograda. Si Dios, por el contrario, es el Dios vivo de Jesucristo, el amigo de la vida y aliado de la felicidad humana, la fe en ese Dios engendrará un sentimiento de culpa sana y sanadora, que impulsará a vivir de forma más digna y responsable. La oración del leproso a Jesús puede ser estímulo para una invocación confiada a Dios desde la experiencia de culpa: “Si quieres, puedes limpiarme”. Esta oración es reconocimiento de la culpa, pero es también confianza en la misericordia de Dios y deseo de transformar la vida.


P. RENÉ CESA CANTÓN


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