“El gigante enterrado” es una novela del Premio Nobel de Literatura 2017, Kasuo Ishiguro. En síntesis se trata de una obra ubicada en la legendaria Inglaterra (Britania, para los romanos) de los siglos séptimo u octavo, después de la disipación del Imperio Romano de Occidente (476 d.C.), cuando se produjeron los violentos enfrentamientos entre britanos y sajones por el dominio de aquella isla.

La novela arranca con una imagen nostálgica y hasta tierna: un par de ancianos, Beatrice y Axl, britanos ellos, viven en una cueva, añorando al hijo que partió para no regresar jamás. Los ancianos, en medio de una bruma que obnubila sus cabezas: un olvido generalizado e inexplicable, no recuerdan exactamente los motivos de la desaparición de hijo, y junto con su olvido, la desmemoria es tan universal que tanto britanos como sajones no recuerdan casi nada de su pasado. El autor se guarda unas 200 páginas para revelarnos a qué se debe esa amnesia generalizada: aparece, como un “deus ex machina”, un misterioso ser: Querig, un dragón hembra que vive en una hondonada, en la cima de una montaña, y desde ahí, con su funesto hálito, sume a todos en el olvido.

Los ancianos, que han emprendido un penoso periplo en busca del hijo, se encuentran a misteriosos personajes: Wistan, un guerrero sajón que va en busca de aquella alimaña para exterminarla y que vuelvan a las molleras de todos los recuerdos perdidos; aparecen también unos extraños monjes, medio ascetas y medio sanguinarios, que expían culpas personales y ajenas mediante rituales escabrosos; Gawain, un sir (¡oh, rancios abolengos de anacrónicas noblezas!), familiar del rey Arturo, sí, aquel de los caballeros de la Mesa Redonda y del mago Merlín, cuya misión es exactamente la contraria de la de Wistan: proteger a la decrépita dragón hembra; Edwin, un jovenzuelo, medio protegido y medio traidor, y, para completar el elenco: ogros, duendes, brujos, trolls, una especie de minotauro, solo que con cuerpo de toro y cabeza de lobo, y un enigmático barquero (¿Caronte redivivo?) que se encarga de llevar a los mortales a una misteriosa isla luego de atravesar un proceloso lago-mar (¿la laguna Estigia?) previo examen a los aspirantes para ver si son dignos de ser llevados allá.

Después de un sinnúmero de aventurillas, la pareja de ancianos presencia la muerte de la decrépita dragona a manos de Wistan, quien, después de descontar, sin despeinarse siquiera, a su oponente sir Gawain, la decapita como quien descabeza un pollo.

Una vez muerta la malvada dragona Querig, la memoria ha vuelto a todos, britanos y sajones, y resulta que esa amnesia era ¡una bendición!, pues a todos había librado de recordar las viejas y sangrientas rencillas entre las tribus rivales. Ahora renacerán las guerras, y britanos y sajones volverán a ser feroces y sanguinarios enemigos, cuando durante la bienhechora existencia de la dragona habían convivido como entrañables vecinos y amigos: “Tú y yo deseábamos la muerte de Querig, pensando solo en nuestros queridos recuerdos. ¿Pero quién sabe qué viejos odios aflorarán ahora por estas tierras? [...] El gigante, en un tiempo bien enterrado (en referencia al odio olvidado), ahora se revuelve... Los hombres quemarán las casas de sus vecinos por la noche. Colgarán a los niños de los árboles al alba. Los ríos apestarán por los cadáveres tumefactos después de días a la deriva. Y, a medida que avancen, nuestros ejércitos crecerán, hinchados por la ira y la sed de venganza. Para vosotros los britanos, será como una bola de fuego rodando hacia vosotros. Deberéis salir corriendo o morir”. (341s)

Para terminar la novela, los ancianos, que en toda la novela se presentan como una pareja impecablemente unida y amorosa (Axl nunca dejar de llamar “princesa” a su mujercita), ya recuperada la memoria, se percatan que su hijo fue una de las incontables víctimas de aquellas guerras cuasifratricidas y piden al barquero sin nombre que los lleve juntos a la isla (¿El Averno?) para reencontrarse con la sombra de su vástago. El barquero los examina por separado y descubre que, allá, años atrás, había habido una insignificante falla de fidelidad y...

Literariamente, el premiado Ishiguro demuestra ser un excelente conocedor de la técnica narrativa y buen armador de relatos, así como ingenioso e imaginativo fabulador, aunque el texto no deja de ser demasiado rebuscado en los recursos y, si la obra pretendió ser alegórica, lo único que la podría justificar es el simbolismo de la fatídica dragona, quizá prototipo de esos gobiernos que encubren, deforman y falsean la historia de un pueblo para perseverar en sus aborrecibles formas de ejercer su autoridad.

De ahí en fuera, los cuentos de dragones, caballeros legendarios, duendes y brujas los podemos dejar para la fantasía de los niños...

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Gino Raúl De Gasperín Gasperín


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