Me lo contó mi padre.

Trata de un médico de gran prestigio que imagino a principios de siglo XX, posiblemente de 1900 a 1930, en un prostíbulo a una de las mujeres le propuso matrimonio que ella aceptó, formaron una pareja ejemplar, sin asistir a eventos sociales, una vida retraída y recatada.

Aquí debo hacer un alto para decir que las casas de mala nota, como también se les nombraba eran, según los más ancianos de la comarca, lugares discretos en su ubicación, decoración, las pupilas de vestido largo y el infaltable piano, que por cierto tiempo en esta ciudad tocó Agustín Lara en “Casa de la Paca”.

Personalmente no puedo hablar mucho del tema porque los de mi época, de joven alguna vez acudí, me parecían a pesar de las crinolinas, las luces y la música, deprimentes. Nunca me gustaron.

Para no hacerme de la boca chiquita reproduzco estribillo de una de las últimas composiciones del ya mencionado músico y poeta Agustín Lara y que pretendió fuera su autobiografía musicalizada.

“De muy chamaco tocaba el órgano de una iglesia y después en otras partes, joven de mala cabeza, lo que yo vi con mis ojos ni se dice ni se cuenta”.

Esto me lo puedo aplicar perfectamente.

La mujer honesta

Pasado un tiempo del feliz matrimonio ella, la exsupiranta, se sinceró con el médico que le había dado su apellido y le dijo:

Nunca encontré a alguien como tú que me has dado casa, sustento, confort y sobre todo respeto, jamás te he faltado, he sido lo que tú esperabas de mí, pero todas las noches siento una tristeza infinita, nostalgia por la fiesta.

No son las relaciones con otros hombres las que me llaman, pero por tantos años de alegría no soy feliz, por lo que mi deseo es volver al lugar del que me rescataste y no podría hacerlo sin decirte la verdad.

En medio de aquel antro de degradación el Dr. al que he aludido no se equivocó al ver en esa mujer honestidad, el no mentir es una cualidad única en todas las personas y en cualquier lugar, eso les concede un valor inapreciable.

Colofón

Conocí al, Dr. del relato pero me pidió mi padre que el nombre no lo debería repetir. Estas servido “viejo querido”.



Octavio Rodríguez Pasquel Bravo

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