Desde que siendo muy niño me reconocí como mexicano, ya sabe... parado frente a la bandera cantando el Himno nacional con mi uniforme color beige, adormilado, mal colocando mi mano derecha en el pecho para saludar a la bandera; desde ahí comprendí que me había tocado en suerte ser heredero de las huestes confusas del mestizaje indio-ibérico al que hacia el siglo XIX llamaríamos México.

Pronto entendí que este país posee un lenguaje no escrito que nos da referencia mundial y que si bien poseemos bellos símbolos patrios: el Escudo nacional, la Bandera y el Himno, los mexicanos nos hemos significado a lo largo de la historia mediante otros elementos semióticos que muchas veces nos identifican culturalmente más que los propios símbolos patrios.

Le puedo describir, por ejemplo: el fervor guadalupano, el picante, el tequila y su poderoso efecto nacional de convertirnos a todos en José Alfredo Jiménez tras haber bebido unos cuantos tragos, pero desde luego uno de los íconos no oficiales que más nos distinguen -sino el que más lo hace- es nuestra percepción de pueblo “jodido” que padece históricamente por el aumento de los precios; por ello la inflación es desde mi perspectiva un elemento histórico distintivo de este país.

Hace poco el gobernador Agustín Carstens presentó un documento titulado “La importancia de la política monetaria en el desarrollo de México”, donde hace referencia a la inflación del México moderno desde 1982 a la fecha. En el documento se hace un “réquiem” a las crisis de ese mismo 82, a la tragedia de precios en el 88 y por supuesto al “error de diciembre” del 94 citando sus correspondientes inflaciones de 119%, 180% y 50% respectivamente.

Por eso razón la inflación es una palabra maldita que ha marcado a toda una generación de mexicanos; la generación “X” mexicana que nacimos, crecimos, nos volvimos adultos y heredamos en nuestro ADN a nuestros hijos la terrible condición de sentirnos jodidos. Le platico esto porque en este mes patrio somos afectos a sentirnos tan festivos que aún nuestra condición nacional más agravada se vuelve inspiración y terminamos brindando por nuestra desgracia en un afán de rebeldía, de reto a la historia y sobre todo de falsa valentía hacia el futuro. Pienso que es momento de detenernos este año y reflexionar sobre el país de nuestros hijos. Nadie quiere que nuestros hijos condicionen su juventud y futuro a “estar jodidos” y mucho menos a crecer como crecimos nosotros, en medio de crisis y de inflación.

Hace poco, déjeme contarle, escuché a un grupo de funcionarios de Hacienda decir que si bien es cierto la inflación durante 2017 es alta, no nos encontramos como durante los episodios que párrafos arriba he citado donde los precios sufrían un impacto violento y que nuestra circunstancia es menos desfavorable que antaño. Le quiero decir que eso equivale a decir que hace 20 años enfermamos gravemente, casi de muerte y que ahora sólo estamos enfermos crónicamente, es decir que la enfermedad se atenuó. Mi pensamiento es uno solo: seguimos enfermos de “mexicanidad inflacionaria”.

Con frecuencia -por otro lado- leo algunas críticas a la destacadísima labor del gobernador del banco central Agustín Carstens y procuro mediante el ejercicio de mi profesión explicarles a mis alumnos, lectores y oyentes en general que el Banco de México es una institución cuya lucha férrea para proteger el poder adquisitivo de nuestra moneda es indubitable y exitosa. Yo sé que lo que le estoy escribiendo no le hace resonancia pues apenas el jueves pasado el Inegi presentó el más reciente dato de inflación relativo a agosto y las cifras dicen que aún se mantiene alta en un 6.66% y que lo único que hemos logrado es frenar el ritmo de crecimiento. Es cierto, pero hay algo que debemos acotar...

Los bancos centrales, encargados del control de la inflación no son “Superman”, actúan sobre los canales de transmisión monetaria controlando la cantidad de dinero a fin de equilibrar la liquidez del mercado, tratan de eliminar la escasez y a lo largo de los últimos casi 20 años lo han logrado. ¿Entonces si Banxico ha hecho todo lo que está en sus manos y la ha hecho bien, por qué seguimos jodidos? Lamento decirle que padecemos “mexicanidad inflacionaria” y estamos en la circunstancia que estamos: POR NOSOTROS MISMOS. La Teoría del Estado señala que somos una población determinada en un territorio representada por un gobierno. Las instituciones (como Banco de México) cumplen una labor que no realizan los gobiernos que es la de ayudar a controlar el poder adquisitivo pero la economía, el “alma” de la economía somos nosotros.

Técnicamente, tras elaborar mi análisis económico, he detectado que el nivel general de precios está “sobrevalorado” es decir, que los precios de los productos han entrado en un estado donde la espiral inflacionaria está fuera de control. Los precios se fijan mayormente por los particulares y sólo un grupo pequeño por el gobierno. Si los precios han venido subiendo es porque se está intentando ganar la carrera a los costos, pero lo único que han logrado es “perder la brújula” y seguir subiendo precios a la menor provocación. En estos momentos no existe brecha inflacionaria; los precios al productor (lo que le cuesta al proveedor incorporar productos al mercado) están por debajo de la línea de flotación de la inflación pues mientras los precios finales suben 6.66% al productor le cuestan 5.64% lo que indica que hay aumentos inerciales, es decir hay sobreprecio cuando ya no debería haberlo.

Hay una delgada línea entre dejar de subir precios y seguirlos subiendo. Esta decisión es conductual, no técnica, por ello es tiempo de hacer un gran pacto, de aprovechar que el precio del dólar está barato y que los importados deberán bajar de precio, de frenar la escalada del gas, de proveer el abasto de agropecuarios ¿Ya vio el precio de la cebolla? Es tiempo de dejar de culpar al Banco de México y de asumir nuestra responsabilidad como actores económicos; gobierno y sociedad son responsables de generar certidumbre y frenar la inflación. Consumo inteligente, certidumbre jurídica, Estado de derecho y responsabilidad en la fijación de precios. Dejemos de jodernos los unos a los otros.


El dinero no existe

LUIS PÉREZ LEZAMA

El autor es director de análisis y docencia económica en SAVER Laboratorio de ideas. Es analista económico, conferencista y “blogger” financiero. Twitter: @SAVERThinkLab


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