No deja de sorprender la infinidad de historias derivadas de los sucesos de la Segunda Guerra Mundial y sobre todo lo acontecido en la Alemania hitleriana y los alcances mundiales que tuvo este régimen nefasto.

Bajo esa óptica me interesó la lectura de la novela del cubano Armando Lucas Correa “La niña alemana” (Edit. B. 2016), que narra la negativa del gobierno de Cuba para recibir a más de 900 refugiados judíos (de origen alemán, hasta en cuarta generación) que huyeron en 1939 de lo que en ese momento era el inicio de la persecución contra ellos ordenada por el régimen nazista.

La historia -verídica y debidamente documentada por el escritor- se centra en un par de familias judías que tienen que dejar todo para huir de su país y que a bordo del trasatlántico St. Louis parten hacia Cuba como un destino no definitivo en su travesía por llegar finalmente a Nueva York y Canadá para iniciar una nueva vida.

Sin embargo, son engañados por funcionarios cubanos y cuando llegan a la isla se les niega su ingreso, salvo a un grupo pequeño de 20 personas, entre ellos quien es la protagonista de la historia, Hannah Rosenthal.

El capitán del barco tiene que regresar a Alemania, pero bien sabía que esos inmigrantes tendrían una muerte segura al arribar al puerto de Hamburgo, aunque hizo el intento de que desembarcaran en Estados Unidos y Canadá donde también fueron rechazados por los gobiernos respectivos.

Así que en ese andar, con una serie de gestiones logran “acomodar” a muchos de ellos en países como Bélgica, Francia y Gran Bretaña, con la desgracia de que los dos primeros también fueron invadidos por las tropas de Adolfo Hitler y terminaron en campos de concentración, donde murieron.

Esta tragedia de los viajeros del barco St. Louis, tuvo que esperar hasta el año 2009 cuando el Senado de EU emitió la resolución 111 que “reconoce el sufrimiento de aquellos refugiados causado por la negativa de los gobiernos de Cuba, Estados Unidos y Canadá de brindarles asilo político y en 2012 el Departamento de Estado se disculpó públicamente por los sucesos del Saint Louis e invitó a los sobrevivientes a su sede para que contaran su historia”.

No cabe duda que es una novela llena de enseñanzas sobre cómo se puede vivir y sobreponerse a las grandes adversidades que se presentan a lo largo de la vida.

Sin dudarlo, creo que ser hijo o descendiente de inmigrantes ofrece una óptica diferente para enfrentar los desafíos de la vida cotidiana y sobre todo se aprende a valorar lo poco que se tiene, el trabajo que cuesta tener las cosas y sobre todo a ver el horizonte de la vida con optimismo.


Sorbos de café

ÁLVARO DE GASPERÍN SAMPIERI


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