Casitas, Mpio. de Tecolutla, Ver.- Fue una noche de angustia y temor.

Se escuchaban los gritos de una señora que suplicaba la ayudaran a detener sus láminas que se volaban con la fuerza de la lluvia y del viento superior a los 150 kilómetros por horas, que trajo el huracán “Franklin”,

Una familia proveniente del Estado de México llegó a Costa Esmeralda el domingo por la mañana a una casa que rentaron en Casitas para pasar una semana de descanso.

Por lo menos esos eran los planes de la empresaria Constanza Cervantes Lazarini, hasta el día miércoles, cuando comenzaron a enterarse por la misma gente del pueblo que entraría el huracán.

Refiere que ninguna autoridad les avisó que era necesario salirse de la casa donde llegaron a rentar, incluso el miércoles todavía comieron en la zona de restaurantes, pero nadie les advirtió nada.

La turista pensó que al encerrarse en la casa no pasaría a mayores, hasta que vio cómo volaban las láminas de asbesto y la palapa hecha a base de palmas en el espacio que ocupan para comer en el jardín.

“Lo más miedo nos dio, fue escuchar los gritos de una señora que pedía ayuda”, expresó.


“Entró como

un zumbido”

En Vega de Alatorre, la entrada de Franklin se escuchó como un fuerte zumbido que arrancó árboles de raíz, destechó casas y acabo con cientos de hectáreas de platanares.

“Era un zumbido, como el silbido de una persona, no lo olvidaré nunca en mi vida”, dice Florinda, quien junto a su esposo, soportaron la entrada del huracán categoría I en el “Maracaibo”, un hotel frente al mar en la barra de Nautla.

Ahí el viento era tan fuerte, cuenta Fernando de hasta 200 kilómetros por hora, que destechó las palapas, rompió cristales, botó las chapas de las puertas y hasta piedras de mar dejó esparcidas por la cocina y las habitaciones.

Guadalupe, otra palapera de la barra, narra que tuvo que salir corriendo de su vivienda a medianoche, no dudó cuando su casa empezó a moverse y tuvo miedo que la lámina de asbesto colapsara, agarró sus cosas y corrió un kilómetro y medio en medio de la noche hasta el centro de Nautla donde se resguardó: “Había tanta soledad, daban ganas de llorar”.

Ángel Flores, de El Raudal, en Nautla, coincide que entre las doce y una de la mañana la lluvia ya no dio tregua, el aire se hizo tan intenso que era imposible asomarse siquiera a la ventana, “por el cristal veíamos cómo volaban cosas, desgajaba ramas”.


“Tenemos que

volver a empezar”

En Vega de Alatorre, al menos 300 viviendas sufrieron daños, la mayoría fueron destechadas por los vientos, pero lo más grave es la devastación a los plantíos de plátanos.

Agustín Acosta Molina, jornalero, dice no quería ver el platanal esta mañana, anoche escuchó el viento fuerte y entonces previó el desastre.

Prácticamente fue todo, ahora trabajan para abrir caminos entre platanales e ir una por una de las plantas para ver qué se puede rescatar... van a tener esperar más de un año.


La noche más oscura

A las 23:30 de la noche, en Vega de Alatorre un estruendo cimbró al pueblo y la luz se fue, era el anuncio de la entrada de Franklin como huracán categoría I a la zona.

El cielo y las calles se convirtieron en un agujero negro que auguraba la entrada del feroz meteoro.

Fue la noche más larga y más oscura que los habitantes recuerden. Horas antes, a cuenta gotas, empezaron a llegar algunas personas al Palacio municipal que se activó como albergue.

Ahí estaban Marina Hernández y Aurelia Salvador, de la colonia La Diana Baja, ubicada apenas a tres cuadras del río Colipa, que atraviesa el pueblo, huyeron cuando el viento ya fue insoportable y los cedros cayeron frente a sus ojos en casa de la vecina.

“El árbol abrazó la casa de Doña Mago, quebró el techo en dos, de suerte que no la aplastó, a ella no le tocaba”, relatan.

Este jueves el panorama fue distinto, aunque el huracán dejó daños en más de 300 casas.




Agencia AVC