Izamal (México).- "Tanta fotografía. Compren garrapiñadas. No matan", exclama al tiempo que ríe a mandíbula batiente y muestra su boca desdentada. Su nombre es Gua Na Che, o algo parecido, ya que no sabe leer ni escribir, y bromea con que desconoce "si suena así o no" porque "no tiene música".

Ataviada con el típico "hipil", vestido indígena que consiste en una larga túnica con bordados a punto de cruz en el cuello y vuelo inferior (especie de delantal), una enagua y un rebozo, a sus 74 años vende garrapiñadas en el patio del Convento de San Antonio de Padua, en Izamal (México), la ciudad que la vio nacer y en la que también morirá, asegura, "porque no hay dinero para pasear".

Cuando los integrantes de la expedición de la Ruta BBVA 2016 alcanzan el recinto para una de las visitas incluidas en su tercera jornada de viaje, muchos curiosos se acercan a esta mujer y a su acompañante, su hermana Roberta, que prefiere la versión española de su nombre a la maya.

Es un ejemplo de lo que sucede en la actualidad con la comunidad maya, que, según refleja el profesor de antropología social de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) Mario Humberto Ruiz, en su estudio "Pueblos indígenas del México contemporáneo", es la población mayoritaria en el estado de Yucatán, del que forma parte Izamal, con un 99,6 por ciento de población mayahablante.

Según ese trabajo, firmado en 2006, "los abuelos se enojan y exigen respeto a la lengua de sus propios abuelos; los padres toleran pensando en las ventajas del bilingüismo; muchos jóvenes sueñan en castellano".

La vendedora de garrapiñadas explica a algunos periodistas que la rodean interesados en su historia que en la familia siempre hablan en maya, pero que, para trabajar y vivir, necesitan "hablar en español". "Pero a mí nadie me vacila en maya", ríe escandalosamente.

"Yo no reniego de ser maya", explica muy en serio y defiende el uso de su vestimenta: "Una vez intentaron hacerme un vestido normal pero yo no me sentía cómoda. Yo no me quito el 'hipil'".

El dinero de la venta de las garrapiñadas (tres paquetes por 5 pesos, unos 24 céntimos de euro) en el horario de misas del convento y en las corridas de toros (los festejos en Izamal son en mayo y diciembre) da para una vida muy modesta.

Fríjoles, tomates y chaya, una planta maya similar a la espinaca, "puro hierro", son los alimentos que consumen Gua Na Che y su esposo, con quien lleva casada 43 años y que la llama "reina del hogar" cuando regresa del trabajo.

"¿Reina? Pendeja, dirás", grita y vuelve a reír narrando sus labores domésticas, por supuesto no remuneradas. "Si esto es ser reina, toma todo y ahí te quedas", bromea.

En Izamal los 180 jóvenes de 17 países iberoamericanos que integran la 31ª edición de la Ruta BBVA han tenido su primer contacto directo con los descendientes de la, según muchos expertos, civilización más deslumbrante de la América precolombina.

Uno de ellos, mestizo como buena parte de la actual comunidad maya, José, les muestra como guía, además del convento católico, la pirámide de Kinich Kak Moo, donde les espeta una frase digna de la sabiduría ancestral.

"'Lo que pasó, pasó en el pasado'", decía mi papá. "Con eso está dicho todo".

Lejos del odio a los españoles por la invasión de sus tierras, este hombre apelaba al recuerdo del considerado "padre del mestizaje" en México, el marino español Gonzalo Guerrero.

Su vida y su muerte oscilan entre la exaltación de su heroísmo y la fabulación, ya que hay pocos datos comprobables.

Salvo su nacimiento en Palos de la Frontera (Huelva) a finales del siglo XV y su presencia en el naufragio, junto al fraile Jerónimo de Aguilar, ante las costas de Yucatán en 1511, lo demás forma parte de la leyenda, blanca para los mexicanos, negra para los españoles, que le apodaron "El Renegado".

De los once supervivientes de aquel naufragio, solo Aguilar y Guerrero sobrevivieron en tierra tras ser hechos esclavos y este último terminó, según diferentes versiones, convirtiéndose en "nacom" o jefe militar maya e incluso luchando contra las tropas de su país original.

Como narra Eugenio Aguirre en su libro "Gonzalo Guerrero", una biografía novelada sobre el marino español, participó en toda serie de rituales mayas, incluidos tatuajes corporales y el sacrificio de su primogénita, Ixmo, fruto de su enlace con la princesa Ix Chel Can, hija del cacique Na Chan Can.

Llama la atención en ese relato que uno de los procesos de iniciación que debió completar para ser jefe fue la de "llevar a Ichpaatún unas aves llamadas quetzales", el símbolo de la Ruta BBVA y cuya captura, según la narración, "era considerada como una proeza mayúscula y casi nunca lograda".

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