El 15 de abril de 1987, César Olivares estuvo en el momento y en el lugar inadecuado. Una trifulca, de la cual estaba ajeno, provocó el disparo equivocado de un policía. La bala terminó por incrustarse en su rodilla derecha. En ese entonces trabajaba en la fábrica de Cocolapan, tenía 19 años de edad y un futuro como futbolista.

“El muchacho que estaba peleando con un policía se va adonde estábamos nosotros, estábamos en la esquina, entonces el policía le tira el escopetazo, pero el muchacho se cayó, la bala pasó, y yo buscando a ver a quién le había dado, al poco rato empecé a sentir la pierna caliente, caliente. Cuando vi mi pierna ensangrentada me pasaron al lado del bulevar, ahí fue cuando perdí el conocimiento y como la bala tiene doce perdigones, fue como me ‘floreó’ toda la rodilla, entonces fue como perdí la pierna”

Dos meses después salió del hospital, sin una pierna y con una vida muy diferente. “La vida me cambió mucho, yo estaba para ir a jugar una Segunda División en Córdoba, con los Azucareros. La vida te cambia cien por ciento”.

Su familia y sus amigos, sirvieron como terapeutas. En sus familiares encontró las palabras de aliento y el apoyo incondicional. Mientras que sus amistades sirvieron de hombro para impulsarse y salir adelante. Lo llevaban a caminar, y un día llegaron a Ojo de Agua, lo subieron a la plataforma y de ahí lo convencieron de aventarse. Cuando César salía del agua, se dio cuenta que todos lo estaban rodeando, por si en algún momento tenía problemas. Ese fue el reflejo exacto de lo que pasaba en su vida.


Muletas sí,

prótesis no

Algún tiempo ocupó prótesis para regresar al trabajo en Cocolapan, pero no se acostumbró. A lo que sí se acostumbró fue a las muletas.

“Siempre mi dicho es: superación personal, porque uno mismo tiene que salir adelante. Nunca te rindas, porque a medio camino, ya vamos cansados, no vemos el final, pero llega un momento en el que dices: -lo tengo que hacer-”.

Los años pasaron, César rehizo su vida, actualmente su familia se completa con Anyi Herrera y María Fernanda Olivares, su esposa e hija. El ejercicio también se fue haciendo parte de su vida, pero fue hasta hace poco más de un año que empezó a incursionar en las carreras y hasta se unió a un equipo de atletismo.


Trotamundos

sin límites

Al lado de otros deportistas con discapacidad como Marco Adrián e Isabel Reyes, integran el club Trotamundos de Orizaba Sin Límites, “nos dedicamos a ver a las personas con capacidades diferentes y que se motiven a hacer ejercicio, también que su familia los saque y no los tengan encerrados”

Al igual que sus compañeros de equipo, reconoce que en Orizaba y la región todavía falta mayor conciencia sobre su situación.

“Lo que pasa que no nos dan muchas opciones, no nos dan la satisfacción de participar en las carreras, en algunas, porque a veces nosotros pedimos cortesías”.


Jesús Mejía Cruz

El Mundo de Orizaba