El consuelo siempre existe en todos los aspectos de la vida, y la propia selección mexicana de fútbol todavía con hoyos por todas partes ya encontró la suya, contemplando lo sucedido a su similar de Inglaterra que haciendo otro de sus peculiares ridículos de su historia llevando un esférico por delante, ya quedó fuera de todo aspecto de gloria, y sobre todo de redención en la actual eEurocopa, llevándose la patada en donde la espalda pierde su romántico nombre por parte del seleccionado mas débil del viejo continente, Islandia, mostrando al mundo entero su zapatilla de cristal lo debidamente congelada.

Y eso de la congelación viene por parte de su clima siempre envuelto en los soplidos helados de un dios de los vientos, inventor de las paletas frías que han pululado en el orbe, solo teniendo unos cinco meses dicha nación para contemplar los rayos de un pálido sol, con apariencia de llevar una cruda desde tiempos ignotos.

Inglaterra flemática, soberbia, vanidosa e inventora del balompié, cayó ante esa clase de rival por lo cual no se sabe cual es en estos momentos su peor crisis, si el hecho de haber dejado a la unión europea, (¿su última Eurocopa?) o el tener a sus aficionados rivalizando con las avestruces.

Pocos, contados tesoros poseedores de la selección inglesa, como para mostrarlos al mundo en tono de orgullo y prepotencia, si acaso aquella copa del mundo conquistada a chaleco, con todo y decisión arbitral criminal para los deseos de triunfo de Alemania, cruel y mortalmente robado en la gran final del mundial del 66, cuando un árbitro de nacionalidad suiza de nombre Gottfried Dienet cruzado por la bandera de su asistente, el ruso Tofik (nombre de chicloso) Bakhramon, dio por bueno aquel gol eminentemente fantasma anotado por el inolvidable ariete Geoff Hurst, que en ese encuentro se despachó con la cuchara grande, la de los moles, o la que movía el té de hierba buena, anotando en tres ocasiones.

Aferrado a su árbol genealógico plantado en la cancha, con raíz ya podrida por el paso del tiempo y por el nulo regado de agua bendita, es tiempo de que la selección inglesa solo vive del recuerdo, contemplando sus viejos uniformes firmados por el nunca bien llorado capitán Bobby Moore, y por las viejas coronas de reinas y reyes, moradores tanto en el cielo como en el infierno.


Por: Tomás Setién Fernández